Sin ladearme

Libros y otras yerbas de Brandsen para todo el mundo

Sin ladearme

De José Curbelo

15x21cm 92 págs. 2019

Sean mis primeras palabras para expresar la emoción que me invadió –después de la sorpresa- al recibir la invitación del Payador Oriental José Silvio Curbelo para prologar su obra poética.  Me consta que, por ser una personalidad reconocida y laureada universalmente, hubiera contado -en muchos países- con plumas de renombre dispuestas a cumplir este cometido. Su elección me honra.

Se trata de poesía escrita por un Payador.

Muchos repentistas confiesan las dificultades que experimentan frente al papel. Les falta –dicen- “la adrenalina del escenario”. Hasta Gabino sentenció: “Otra cosa es con guitarra”.

No siempre es así. Imposible separar, en el caso presente, al payador del escritor. Siempre he sostenido que la expresión oral y la escrita sólo son las dos caras de un mismo fenómeno: la comunicación. En una u otra vertiente José Curbelo es el mismo. Confía la eficacia comunicacional a la concisión y la naturalidad. Su pericia para hallar espontáneamente la expresión apropiada lo exime de lidiar con elaboraciones artesanalmente acicaladas. Su dominio de la palabra le otorga seguridad para encontrar la forma y el modo de llegar al interlocutor de manera directa y efectiva, sin retoques arduamente trabajados.

Su escritura es el resultado de la práctica permanente de generar el mensaje al instante y recibir la respuesta inmediata, propia de la vinculación interactiva con el auditorio. Es el fruto de una gimnasia sostenida para consumar un procesamiento verbal certero y rápido; la producción de una mente agilizada para optar, sin vacilaciones, entre un abanico de variantes que su creatividad le propone para plasmar una idea en ciernes.

En su quehacer exterioriza fidelidad a su origen, su cultura y su tradición.

Manifiesta una opción cultural al expresarse con el lenguaje de su gente. Bien claro lo explicita: “Yo hablo en el mismo lenguaje/ que mis abuelos hablaron”; lenguaje proscripto por los literatos puristas pero que puede expresar juicios, reflexiones, sentimientos, enseñanzas… (¡vaya si lo ha demostrado la gauchesca!).

Milenios hace, que el envase sugestivo del verso acarrea sabiduría popular condensada en una sentencia, un refrán, un adagio, un proverbio. Locuciones que atravesaron las edades con el prestigio de ser reliquias venerables de sabidurías añejas y que perviven en la memoria popular por la enseñanza provechosa que consagran. Los grandes filósofos de la antigüedad acudieron a ellas para graficar y enriquecer sus enseñanzas.

Desiderio Erasmo las valoró y coleccionó; Miguel de Cervantes y José Hernández las engarzaron en sendas joyas del idioma.

José Curbelo capitaliza la eficacia de esas fórmulas breves. Una condición innata lo ha facultado para absorber los tesoros de la tradición. Tesoros que administra sobriamente y usa con criterio. No cae en el hacinamiento de refranes que torna ladino y farragoso cualquier enunciado.

Recrea mucha sabiduría popular, generalmente resumida en dos octosílabos asombrosamente rítmicos y sonoros. Según refiere, estas gemas sapienciales conformaron el breviario oral que recibió de sus mayores, en su Canelones natal. De ellos adquirió -como una herencia cultural- la virtud de resumir las ideas cardinales en esos dos versos categóricos con que remata sus estrofas.

Instalándose –deliberadamente- en ese nivel coloquial de lenguaje, esgrime con la mayor naturalidad, aquel acervo tradicional laboriosamente trasvasado y recompuesto por sabios iletrados. Y le suma el soplo de su maestría: con materiales añosos genera contenidos nuevos. Tal consubstanciación con el espíritu de sus ancestros nos torna difícil discernir entre lo adquirido y lo producido (entre lo heredado y lo forjado en su fragua).

Aquí, mi recuerdo convoca las coplas de su abuelo: coplas que atesora devotamente y con las que ha conformado un monólogo que ameniza –y enriquece- sus presentaciones; una copla para cada suceso, para cada conducta, para cada faena… siempre una copla con sugestión de resonancias remotas. Las coplas de aquel abuelo que “…tal vez por no llorar/ cantaba… siempre cantaba”; del abuelo que “cantando dejó su adiós/ y se fue al morir el día”; del abuelo Antonio, el que “descansa junto a su tierra”.

Ha recorrido mucho mundo y ha cruzado versos con repentistas de todo el ámbito hispanoamericano y de otras geografías. Lleva trajinado medio siglo de siembra y cosecha. Permeable a las peculiaridades que halló en la improvisación poética de otras regiones –y siempre con sed de aprender- ha incorporado a su labor algunas singularidades como la décima redoblada, el banquillo, el brindis… y -superando la prueba- ha improvisado en géneros musicales de otros países.

La fidelidad a su origen no ha maniatado su espíritu. Afirmado en lo suyo, seguro de su identidad, abre los poros de su mente para impregnarse de cultura universal. Y la coteja con la propia. Así, lo he visto en foros internacionales, munido de su bagaje autodidacta, intercambiar saberes con ilustres eruditos: siempre enarbolando los valores de nuestra cultura nativa para colocarla en el plano de valoración que le corresponde. 

La presente obra nos introduce al universo íntimo del autor y a su experiencia vital.

Su extracción rural y sus andanzas posteriores le permiten expedirse con autoridad sobre los variados oficios a los que canta aquí. Con algunos, ha transpirado; con otros se ha vinculado solidariamente.

Si bien priman las espinelas, aparecen muestras de su dominio técnico-métrico-rítmico, su ductilidad para proveer del continente apropiado a las distintas temáticas. Así encontramos: pareados alejandrinos, en “De la orilla”; dodecasílabos romanceados, en “Clarín de progreso”; cuartetas alejandrinas, en “Pueblos hermanos”.

En este poemario, campean muestras de su vasta gama expresiva. Su fibra épica: para cantar a Artigas, a Dorrego, al gaucho combatiente en las horas germinales de la patria; su veta narrativo-dramática: en vibrantes relatos como “A primera sangre”; su cuerda lírica: en las conmovedoras evocaciones de su tierra y de su gente, en homenajes a los colegas extintos, en estampas de personas y paisajes. Otras composiciones podrían encuadrarse en un género mixto donde coexisten lo descriptivo, lo satírico, lo filosófico, lo doctrinal, lo didáctico… 

Un párrafo especial para ese verdadero réquiem que constituye “Milonga de ala quebrada”: no cabe ningún comentario. Todo está dicho allí. ¡Y de qué manera!  Veinte años de andanzas, compañerismo, lealtad, éxitos y penurias compendiados en cuarenta octosílabos…

“Sin ladearme” ofrece abundantes ejemplos de la llamativa destreza de su autor para la síntesis penetrante, en frases concluyentes e inspiradoras. Cada quien hallará las que impresionen más vivamente su ánimo. Por mi parte, me permito entresacar estas perlas del collar:

Una ceñida cadena de antítesis:

   “hombres pobres, tierras ricas/ sueño grande, chacras chicas”. “El agricultor”.

Una exhortación de justicia social:

   “Que el progreso no es progreso/ cuando no les llega a todos”. Ídem.

Un par de reflexiones sentenciosas:

   “¡Cuando es difícil la vida/ se hace más fácil la muerte!”. “A Rodolfo Lemble”.

   “Cuando el recuerdo es verdad/ la muerte… ¡es una mentira!”. Ídem.

 Un retruécano brillante, donde aletea un reclamo:

   “donde hay tierras sin hombres/ donde hay hombres sin tierras”. “Pueblos hermanos”.

Una metáfora evocadora, sutilmente plástica:

   “… y aún la tropa/ de los recuerdos resuella”. “El tropero”.

Cedo a los lectores el disfrute de sorprenderse con los logros que los aguardan.

Será una fiesta descubrir primores donde el autor puso el alma.

Abel Zabala
Santa Lucía – Buenos Aires
Otoño de 2018